martes, 10 de julio de 2012

TANGO Y AMOR: Relato para un concurso

¡Hola gente!

Hoy traigo una entrada especial. Hace días que no cuelgo ninguna historia nueva, y es porque mi mente necesita un descanso. Tengo muchas historias nuevas en mente, nuevas aventuras,... Todas para el blog y mis fieles amigos y seguidores. Peeeeeeeeeeeeeeeeeeeeero, algunas veces no os presento nada nuevo porque estoy inmersa en alguna historia para certámenes o concursos literarios. 

Hace unos meses, pocos, creo que dos, presenté un pequeño relato, llamado Tango y Amor, para un concurso literario por Sant Jordi, en la escuela de baile donde voy. Tenía muchas ganas de ganar, pero no fue el caso, por no ganar, y ni siquiera estar seleccionado. Y es una pena, pero estas cosas pasan. Pero no nos podemos venir abajo, si no simplemente, levantarte y seguir con tu sueño. 

Como no fue seleccionado, he pensado en publicarlo aquí para que me digáis que os parece. 





TANGO Y AMOR

Acabo de cometer la mayor locura de mi vida. He cruzado medio mundo para estar con el hombre al que amo. Un hombre que me robó el corazón gracias al tango. Un baile de su tierra, donde estuve con unas grandes amigas.

Lo sé, muchos dirán que soy una mujer desesperada. Cruzar un océano y dejar toda mi vida por  un hombre. Pero no lo he hecho por él. Lo he hecho por mi.

Me llamo Manuela y tengo casi 50 años. Él se llama Fabián y los sobrepasa. Yo soy española y él argentino. Yo bajita, con cuerpo de guitarra española, es decir, con curvas bien marcadas. Él es alto, delgado y apuesto.

Todo empezó hace un año, más o menos. Cuando intenté suicidarme, después de un abandono. Sé que suena fuerte, y la gente cuando lo sabe se queda sin palabras, pero aprendí a que las cosas se deben decir por su nombre. Cueste lo que cueste. Tenemos que ser fieles a nosotros mismos y nuestros pensamientos.

Tuve una relación de casi 15 años con un hombre. Éramos felices y vivíamos el día a día. Aprovechando cada momento. Nunca nos casamos, ni pensamos en tener familia. Los dos éramos de tener una vida llena de lujo, fiestas, viajes, dinero,… Sin complicaciones, sin bebés, ni babas, ni pañales. Aunque me encanta ser la tita de todos los hijos de mis amigas. Nunca se me ha despertado el reloj biológico.
Un día, cuando llegué a casa, me encontré una nota. Paolo me abandonaba por otra mujer. Pensé que nos queríamos, que nos compenetrábamos y estaríamos siempre juntos, pero no era así. Según me puso en la nota, esto era inevitable, pues nuestros sueños y necesidades habían cambiado eran diferentes. Yo seguía con los mismos pensamientos, pero los suyos habían cambiado y sabía que yo no querría renunciar a ciertas cosas.

Quise llorar. Pero no podía permitirme el lujo de ser una persona débil. No era mi primera ruptura, así que decidí que lo mejor era tener la mente ocupada por un tiempo, así no pensaría en él y en su traición. Yo nunca he trabajado. No lo he necesitado. Así que pensé que lo mejor era hacerle un cambio radical a mi ático del centro.

El problema floreció cuando terminé mi gran proyecto de reforma. El piso me quedó estupendo, pero seguía estando vacío. Un sentimiento de soledad me invadía durante las noches. Cuando iba a dormir y veía aquella cama tan grande, todo el piso oscuro y frío. Así que me quedaba dormida, en el sofá, viendo la teletienda. Para poder dormir, empecé a tomar somníferos, recetados, por supuesto. Gracias a ellos pude dormir como un bebé. Todo volvía a la normalidad. Así que preparé una noche  de chicas con mis grandes amigas. 

Algunas están casadas y tienen hijos, así que fue un poco difícil llegar a un día para podernos juntar todas, pero hicieron un hueco por mí. Para estar todas juntas, como antaño. La noche prometía. Me las llevé a un restaurante estupendo del centro. 

Estaba ensimismada en la carta, cuando noté algo extraño. Mis amigas se habían enmudecido de golpe. Así que levanté la vista y me las encontré con la cara blanca, como el papel, mirando otra mesa. Así que me giré, y allí estaba él, Paolo, acompañado por una mujer, ¡qué digo!, por una niña. Y lo peor es que sabía quien era. La recepcionista de su empresa y además.... ¡Embarazada!.

- Si quieres nos vamos - me dijo una de mis amigas.
- Por supuesto que no. Yo quiero cenar aquí y no dejaremos que él ni nadie nos amargue esta noche. 

Me comporté como toda una señora y aguanté que estuvieran detrás de mí, en uno de los reservados del restaurante. Pedí vino para celebrar nuestra noche sin hombres. Bebí, bebí y bebí durante la hora y media siguiente, mientras cenábamos. Aunque si soy sincera, no me acuerdo si cené. Eso sí, bebí mucho. Cuando Paolo terminó de cenar, pasó por nuestro lado y tuvo la desfachatez de pararse con ella en nuestra mesa y saludarnos a todas.

Cuando se fue pedí otra botella. Estaba como siempre, perfecto. La chica con una barriga de unos cinco meses, y estaba preciosa. Paolo contentísimo, siempre sonriendo, y lo peor, siendo amable conmigo. No lo soportaba. Así que bebí toda la botella que quedaba en la mesa. Mis amigas pensaron llevarme a casa, pues en el postre, mientras comía un delicioso brownie, mis lágrimas brotaron de mis ojos y no podía para de llorar. Llevaba tantos meses aguantando, que ahora salí todo y era imposible cesar aquella situación.


Cuando llegamos a casa intentaron que fuese a dormir, pero estaba demasiado nerviosa y borracha como para hacer eso. Yo quería seguir la fiesta, así que puse música y les serví una copa de whisky a cada una. Yo me quedé con la botella.

- Creo que no hay mejor ocasión para bebérsela - les dije al servir los whiskys. - Es una botella que Paolo decía que la guardaba para una ocasión muy especial. Por lo visto le valió un riñón. – Paolo nunca dejaba que se abriera, pues siempre esperaba un momento, muy especial para tomársela. Supongo que nunca tuvo un momento lo suficiente especial conmigo.

Mientras bebían sus copas, me subí a la mesa del comedor y me puse a bailar y cantar, mientras lloraba. No sólo me había dejado por otra, si no que la había dejado embarazada. Ellas corrieron a bajarme de la mesa, supongo que tenían miedo a que me rompiera la cabeza.

- ¿Pero qué haces? – me dijo Isabel.
- Estaba bailando. Cuando me siento mal o frustrada, bailo. Eso hace que me evada de la realidad y me siento mejor y feliz.

Después abracé a Fernanda y lloré, lloré y lloré hasta quedarme dormida. No sé cuando fue eso. Pero cuando me desperté estaba sola, en el sofá, tapada con una manta. Me levanté y fui a mi habitación tambaleándome. Cuando entré casi grito del susto. Mi reflejo en el espejo era penoso. Tenía el rimmel corrido por los ojos y la cara llena de arrugas. Arrugas que no había visto. Estaba sola y llena de arrugas, seguro que nadie volvería a fijarse en mí. Estaría sola para el resto de mi vida. Cuando llegué a la cama, vi que tenía la botella en la mano, no la había soltado,así que sin pensar cogí las pastillas, abrí el bote y me las tomé junto al whisky.

Cuando me desperté estaba en el hospital. Junto a mi cama, mis amigas. Ellas no entendía que hacía allí. Fernanda me cogía la mano.
- No intentes hablar - me dijo ella. - Notarás que te duele la garganta. Te han hecho un lavado de estómago - intentaba expresarme con gestos, pero Fernanda estaba demasiado enfadada y nerviosa para entenderme. - Menos mal que me quedé contigo. Todas estábamos preocupadas y decidí quedarme a dormir. Menos mal que me levanté y oí aquellos ruidos, si no.....

Después de aquello, estuve varios días ingresada. Tenía que hacer terapia, en grupo y sola. Entender el por qué hice aquello y vivir con lo que tengo, sin desesperarme. Fueron unas semanas duras, pero entendí que la vida no se acaba por que un hombre me abandone. No estoy sola, porque un hombre me rechace. Tengo amigas, familia, aunque lejos, pero están ahí, conmigo. Y yo casi doy mi vida por Paolo.

El día que salí del hospital, mis amigas me tenían una gran sorpresa. Nos íbamos a ir las cuatro de viaje. Fernanda quería ir a su país, a su casa, a ver a su familia. Así que todas nos fuimos con ella a Buenos Aires. 

El viaje fue largo, pero no nos importaba. Íbamos a estar todas juntas durante unas semanas, y Fernanda podría ir a visitar a su familia. 
El día que llegamos, Fabián vino a buscarnos al aeropuerto. Fernanda se fundió en un largo abrazo con él, antes de presentárnoslo como su hermano mayor. Él nunca quiso marcharse de su país. Decidió quedarse y seguir con su negocio. Pasó momentos duros, pero ahora todo le iba mucho mejor. 

Carmen, Isabel y Fernanda, me tenían otra sorpresa. Ellas sabían que me encantaba bailar. Y hablaron con Fabián para que me enseñara el tango. Él era el mejor profesor de Buenos Aires, eso decían los carteles de su escuela de baile. 

El tango es un baile sensual. La pareja se toca, se roza, entrecruza las piernas, los pies, los brazos. En ese momento, nadie más existe para ti, solo tu pareja que te absorve. El día que llegué para la primera clase, Fabián estaba con una pareja joven. Por lo visto eran competidores de baile. Se presentaban a todos los concursos que podían, por el país y habían ganado alguno de ellos. Fabián estaba muy orgulloso de ellos.

El baile me atrapó desde el primer momento, sus canciones, su ritmo, el sentimiento, el amor, el desamor, todo. Simplemente era perfecto para mi.
Al principio me sentía como un pato. Pero Fabián tiene una paciencia infinita, y era muy fácil aprender con él. Los días pasaban rápidamente, y cuando quisimos darnos cuenta, solo faltaban dos días para marchar. Fernanda me dijo que ella se quedaba unas semanas más, y allí encontré la excusa para quedarme. Así que Isabel y Carmen volvieron a España sin mí.

Pronto surgió el amor entre Fabián y yo. Los dos vimos que teníamos muchas cosas en común, éramos personas vitales, con una gran fuerza en nuestro interior. Queríamos sentir la vida, el baile para los dos era un droga y nos tenía totalmente enganchados. Nos sentíamos como nunca. Nuestro baile era sensual, amatorio, incluso algo obsceno, a veces. Me acuerdo que la primera vez que sus alumnos nos vieron bailar, nos dijeron lo celosos que se sentían, pues ellos no tenían esa química que hacía que el baile fuera todavía, si cabe, más hermoso. Pero tenía que volver a España, mi vida estaba allí, mis amigos, mi casa… Pero mi corazón se quedaría con él. No podía soportar el tenerme que marchar. Separarme de Fabián, del tango, de aquella vida…

La noche antes de irme, Fabián preparó una bonita cena, y allí me pidió que volviera pronto. Fue cuando lo supe, supe que quería estar allí, con él, con el baile, con toda su vida. Se lo dije y él me miró con una gran sonrisa, pues él quería lo mismo.

- Si te vienes aquí, podríamos participar en algún certamen. Seguro que ganaríamos. – Los dos reíamos pensando en que una pareja de nuestra edad, dejaría boquiabierto a todo el mundo.

No me lo pensé dos veces, volví a España con Fernanda. Preparé todo para mi marcha. Sabía cuando me iba, pero no cuando volvería. El día antes de volver a Argentina, quise despedirme de ellas y decirle a Fernanda, que podría llegar a ser su cuñada. Nunca las vi más felices.

Al día siguiente cogí el avión. Mi nueva vida, mi nuevo sueño, Fabián y el tango me esperaban. Todo era maravilloso, y había aprendido que si quiero vivir le día a día, y no preocuparme por nada más que por mi felicidad. Sola o acompañada, lo más importante es estar bien contigo misma.



Bueno, este es el relato. Espero que os haya gustado y quiero que me dejéis algún comentario.

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